lunes, 5 de mayo de 2008

PERFECTO


Por fín había llegado el día.
Años de aguantar a esa vieja horrible que no hacía más que compararla con sus hermanos: "No eres tan bonita como Sandra" "No eres tan inteligente como Manuel"... ¡Como si esos idiotas importaran algo! Lo bueno de tener policías en la familia es que aprendes sus métodos... y la forma de evadirlos. ¡Ya verían qué tan linda e inteligente era! Bueno, no... si todo salía bien, no lo verían.

Desde que era una niña, su madre la enviaba dos veces por semana a la casa de la vieja, en las afueras del pueblo, lejos de las miradas curiosas. Había que llevarle sus medicinas y algo de comida: frutas, queso, alguna tarta casera... Desde que era una niña, jamás había recibido un "gracias" por ir, los martes y los sábados, cargada como un burro hasta la casa de su abuela. Jamás. Solo comentarios despectivos, recibidos con una sonrisa humilde que se evaporaba al salir. ¡Vieja de porquería! Hoy pagaría con creces su deuda.

Todo comenzó cuando conoció a Daniel. Él había escuchado sus penas y la había consolado. Él sabía de su rencor escondido. Pronto empezaron a planear la forma de librarse de la vieja y escapar con sus joyas. ¡AH! El dulce sabor de la venganza...

Fue un trabajo delicado, una verdadera obra de arte.

Comenzó a cambiar las pastillas, primero una, luego otra, finalmente todas. Habían buscado reemplazos que fueran del mismo color que las originales, para no despertar sospechas. Sin su medicación, la abuela comenzó a estar peor: estaba como perdida, hablaba sola, no sabía dónde se hallaba... Fue un proceso lento y gradual, pasaron semanas y hasta meses entre un cambio de medicación y otro. Su madre misma no lo notó hasta que el deterioro fue evidente. Internarla estaba fuera de discusión, no daba el presupuesto para pagar un buen lugar ni alguien que la atendiera todo el día.

Menos mal que la solícita nieta, tan amorosa como siempre, se ofreció a llevarle las medicinas día por medio en vez de solo dos veces por semana. Luego iba todos los días, para cuidarla como ella se merecía. ¡Cómo había alabado su madre su actitud! Le cocinaba deliciosos pasteles (que luego comía por el camino junto a Daniel), iba a comprar los remedios al otro extremo de la ciudad porque le hacían un importante descuento (por supuesto, no quería dejar rastros), hasta la acompañaba a cobrar la jubilación (que la mitad del dinero quedara en su bolsillo era solo un detalle). Era el comentario de toda la familia el cariño que estaba mostrando por la abuela.

Y finalmente, había llegado el día.

Casi no había dormido la noche anterior, presa de la excitación y la euforia. Y al dormirse, sus sueños habían sido dulces y salvajes: ella junto a Daniel, haciendo el amor sobre una pila de joyas; ella corriendo desnuda, adornada solo con los anillos y collares de la vieja; ella bailando sobre el cadáver decrépito.

Se despertó sonriendo cuando el reloj marcó las 6:30, como de costumbre. Desayunó y fue a la escuela, como de costumbre. Escuchó a los profesores como quien escucha zumbar moscas, pero puso cara de prestar mucha atención y simuló tomar apuntes, como de costumbre. Almorzó sola, como de costumbre; sus padres estaban trabajando, sus hermanos también. Sobre la mesa estaba el bolso preparado por su madre, como de costumbre.

No podía dejar cabos sueltos. Nadie debía notar que ese era un día especial.

Subió las escaleras cantando y fue a su habitación. Abrió su mochila y metió alguna ropa dentro, su dinero y la carta de autorización para salir del país que su padre había firmado creyendo que era un permiso para ir a una excursión escolar. ¡Menuda excursión! Escaparían en el auto de Daniel; nadie la echaría de menos hasta la noche y para entonces ya estarían muy lejos.

Se puso una pollera corta, su mejor camisa y la boina roja. Siempre le había gustado cómo le quedaba esa boina, le daba un aire entre infantil y sexy que volvía loco a su chico. Se miró al espejo y sonrió con malicia antes de salir.

Se dirigió a la casa de su abuela casi a los saltos, no podía contener la alegría que la embargaba. Entonaba una canción de moda y caminaba meneando las caderas al ritmo de la música. La la la... la la la... Poco a poco se iba acercando. Golpeó la puerta, llamando a la vieja con amorosa devoción. No se sabía si alguien podía estar escuchando, era mejor no descuidarse. La hoja de madera se abrió para dejarla pasar, sin permitir ver quién estaba detrás.

Entró con confianza y miró a su alrededor. Allí estaba Daniel, con el pecho peludo asomando entre el chaleco de cuero y sus brazos musculosos. En una silla junto a la mesa, la vieja, dura como una estaca frente a una taza de té ya fría. La tocó, sólo para asegurarse de que de verdad estaba muerta.

-Fue fácil, no desconfió cuando me ofrecí a hacerle el desayuno. ¿Por tu lado todo bien?

- Perfecto... ¡Lo logramos, Daniel!

-¡Sabes que no me gusta ese nombre maricón!- habló con voz ronca, tomándola con fuerza de la cintura y dándole un beso de aquellos que quitan la respiración, como para mostrarle que era bien hombre.

-No te enojes, Lobo...-pudo articular ella cuando se separaron- ¡Oye, tu boca sabe a menta!

-¡Es para comerte mejor!- alcanzó a decir él antes de arrojarla sobre la cama.

No hay comentarios: