En el bosque, unas fauces gigantescas devoran el décimo conejo.
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- Hassan, cariño ¡Por favor! ¡Mi padre se pondrá tan contento de conocer a su nieto más pequeño!
- ¡Ojalá yo pudiera decirle al mío que tiene tres nietos! Debe creer que he muerto... ¡y si supiera que he renunciado a Cristo, se moriría de dolor!
- Yo no te pedí que te convirtieras...
Los ojos de Latifa se llenan de lágrimas. Esos ojos de luna que aún después de seis años siguen haciéndolo temblar de pasión. No soporta verla llorar, y mucho menos ser la causa de su llanto.
Hassan El Alí, antes Sancho Sánchez, zapatero de la Ciudad de Granada, abraza afectuosamente a su esposa.
- Perdóname amor. Esperaba unos cueros que no llegaron y me atrasaré en los pedidos, por eso estoy de mal humor. No es tu culpa. Visitaremos a tu padre para su cumpleaños.
Latifa besa a su esposo, y se aleja sonriendo para hacer servir
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¡Garras inútiles! ¡Las ratas quedan desmenuzadas!
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A la mañana siguiente comienzan los preparativos para el viaje. Por supuesto, irán en el carruaje. Dos días separan Granada de Córdoba, y es un camino peligroso para hacerlo a pie. Hassan tiene una posición acomodada y su suegro es Gran Visir. No puede llegar caminando como un mendigo.
Por si esto fuera poco, viajar con los niños implica un montón de detalles extra a tener en cuenta. El bebé necesitará mucha agua para el recorrido. Los caminos del reino son secos y polvorientos. Apenas unos bosques pequeños dan un respiro de sombra a los viajeros, y unos pocos arroyos, algo de beber al sediento.
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Camina, camina y no encuentra nada. Ya no quedan ratas ni conejos, solo el hambre que no cesa...
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Mientras Latifa prepara provisiones, ropajes y enseres, Hassan se apresura a buscar un regalo para Yusuf. Por supuesto que le lleva el mejor par de zapatos que tiene en la tienda, pero debe agregar algo más, algo no fabricado por él. Recorre las calles de la ciudad, en busca de un presente digno de su suegro.
Los vendedores lo asaltan con insistencia. ¿Una chilaba? ¿Un turbante?¿Una joya? No, Yusuf no es hombre de usar anillos ni aros, salvo el pendiente de oro que lleva en la oreja izquierda. Tiene ropas suntuosas a centenares. No, necesita otra cosa.
De repente, sus ojos se posan sobre la más hermosa cimitarra que jamás viera. El zapatero no sabe mucho de armas, pero ésta no necesita demasiado conocimiento sobre el tema.
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El hambre se está convirtiendo en una tortura. Si debe comer otra rata va a enloquecer.
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El martes siguiente el carruaje sale rumbo a Córdoba. El conductor y un guardia van en el pescante. Adentro, Latifa y Hassan juegan con los pequeños Yusuf, Jamila y Ahmed, el bebé de cinco meses. Caballitos de madera y muñecas de trapo rebotan contra el piso del coche, y las risas y las canciones se escuchan a lo lejos en el camino desolado.
Promedia la tarde cuando un brusco frenar los hace golpearse contra las paredes acolchadas. Hassán habló con el conductor:
- ¿Qué pasa? ¿Por qué nos detenemos?
- Hay alguien herido adelante, mi señor
- ¿Dónde?
- Allí, entre los árboles. Parece una mujer.
- Acerquémonos, pero mantente alerta. Pueden ser bandidos.
Lentamente, el carruaje se acercó al bosquecillo. Una mujer con las ropas destrozadas y el cuerpo ensangrentado yace en el suelo, desmayada. El guardia baja con su arma desenvainada, y el conductor se apresta
Pero la mujer respira debilmente, y no parece haber nadie más alrededor. Además, los bandoleros atacan durante la noche, y el sol todavía está alto. Latifa se apiada de la desdichada. Se cubre el rostro con el velo y se asoma para convencer a su esposo:
- ¡Vamos, Hassan! Puedes ver que no esconde nada. Súbela al coche y tratemos de reanimarla. El Profeta nos dice que debemos ser misericordiosos con el desvalido.
Apenas termina de pronunciar estas palabras, siente un escozor en
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El carruaje sigue su camino. La desconocida bebe un poco de agua y despierta con un grito de terror. Mientras Latifa calma a sus hijos, Hassan cubre a la dama con una manta, y trata de que deje de llorar. Entre gemidos y sollozos, les cuenta que ella y su esposo eran artesanos itinerantes que iban hacia Córdoba. Durante la noche habían parado para descansar en ese bosque, y habían sido atacados por un monstruo de enormes fauces que había devorado al hombre. Ella, Fátima, había salido corriendo y había podido escapar, porque la bestia se había saciado luego de comerse a Amir y no podía moverse con rapidez.
¡Pobre mujer! ¡Qué terrible! Habían escuchado historias similares, pero siempre creyeron que eran cuentos de peregrinos. Hassan está particularmente impresionado: él mismo, antes de establecerse en Granada, fue zapatero itinerante, cambiando su trabajo por casa, comida o dinero. Y jamás pensó en los peligros del camino. Conmocionado, apura al conductor para que se aleje de ese lugar. ¡Que la oscuridad los encuentre lo más lejos posible de ese bosque nefasto, y que Alá se apiade del alma de Amir, por quien ya no pueden hacer nada más que orar!
Deciden no detenerse durante la noche. Sin luna, la débil luz de las estrellas apenas alcanza para distinguir los bordes del camino. Irán despacio para no agotar a los caballos y descansarán durante el día. Luego de la cena, Fátima se pone a cantar una antigua canción. Primero los niños y luego el matrimonio caen dormidos bajo su dulce voz. Profundamente dormidos. También el conductor y el guardia. El carruaje se detiene sin la mano firme del cochero para guiarlo, y los caballos, nerviosos, saben que los que iban en el pescante no despertarán jamás.
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Fátima se relame. ¡Por fin! ¿Por dónde empezar? ¿El niño? ¿La niña? Tomará al bebé como postre. La mujer también parece jóven, quizás esté tierna todavía. ¡AAAAAH! Tiene un acceso de furia. ¡Tres días sin comer y ahora que tiene para elegir no sabe qué hacer! Dejará a los hombres para más adelante, cuando vuelva a tener hambre. Son duros y fibrosos, y quiere darse el banquete que merece.
Lentamente, pone a los niños dormidos en el asiento del coche. Sus ojos brillan en la oscuridad, y ve perfectamente los contornos redondeados de sus cuerpecitos. ¡Deliciosos! Un hilo de baba se desliza por sus fauces con dientes filosos, y no se preocupa en limpiarlo. Saca sus garras y se dispone
***
Hassan abre los ojos. Dentro del coche está todo negro, pero le parece escuchar un quejido. Quizás Fátima necesite ayuda. Se levanta torpemente, adormilado, y tropieza con un cuerpo agazapado que emite un grito feroz. Un par de ojos color de fuego lo enfrentan, y siente un filo abriéndole el pecho. ¿Qué es eso? ¿Cómo entró? Sacude la cabeza, tratando de entender, pero el monstruo ya está sobre él.
¡Sus hijos! ¡Latifa! Desesperado, extiende sus manos para ahorcar a
El zapatero no siente dolor ante su mano perdida, ni ante su pecho desgarrado. Grita, tratando de despertar a su familia, pero entre la oscuridad y el ruido reinantes no sabe si sus gritos sirven de algo. Sólo ve brillar los ojos rojos frente a sí, y escucha una especie de tos apagada. Tarda en darse cuenta de que el ser se debe estar ahogando, sin lengua y con la boca llena.
Como confirmación a su sospecha, la mano de Hassan golpea su rostro y cae al suelo, mientras la puerta del carruaje se abre de un golpe y ambos salen enzarzados en una lucha desigual. Trata de alejar a la bestia del coche, rogando a Alá que los proteja, invocando a Dios y a María Santísima que cuiden de los suyos. Se siente débil, pero no dejará que eso le impida seguir peleando. Sabe que no puede ganar, pero espera que el cochero despierte y huya. ¿Por qué no despierta el idiota?
Repentinamente otro rugido hiere el silencio de
El hombre se arrastra hasta el coche, en busca de la cimitarra que había comprado para su suegro. Con dificultad la saca de abajo del asiento, la desenvaina y se prepara para recibir lo que sea que venga en su busca.
Un grito feroz indica el fin de
Dos puntos rojos se dirigen hacia él. Puede sentir el aliento de la bestia a medida que se acerca. ¿Es idea suya o los puntos son menos brillantes? ¿Se están apagando? El fuego se transforma en luna, en esos ojos de luna que tanto ama. Siente sus manos en el rostro y el olor de la sangre que baña su cuerpo. La dulce voz de Latifa suena a su lado.
- Nadie ataca a mi familia y sobrevive para contarlo, amor.

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